Dice que cuando oye la frase: “Mientras se tenga salud, se tiene todo”, se apresura a corregir: “No, mientras se tenga amor, se tiene todo”, y me explica que esa conclusión la saca de su propia experiencia: “Conozco a mucha gente que gozando de buena salud, familia, trabajo y hasta alto nivel económico vive una vida de insatisfacción, de vacío emocional y espiritual, pues no tiene una relación de amor con su familia.
“Se sienten (y están solos) y cuando llegan a padecer algún mal en su salud, no cuentan con ese 'nido de amor y soporte' que es la familia. Si tienen recursos económicos suficientes, son atendidos en los mejores hospitales y los cuida el mejor personal profesional, pero no su familia. Y si son de condición económica baja, en el mejor de los casos los abandonan en cualquier hospital público o albergue, o en el peor sufren el abandono y la soledad en sus viviendas o en la calle (en ocasiones hasta la muerte).
Me comenta además que gracias a esas enfermedades ha aprendido a amar y a gozar más la vida: “Quienes padecemos algún desperfecto en nuestro organismo conocemos el valor exacto que tienen todas las funciones de nuestro cuerpo y le damos gracias a Dios de que las que aún trabajan bien lo sigan haciendo.
“No se puede decir que no gozo de 'buena salud' —continúa—, pero ¿de qué me serviría tenerla si no tuviera a esa gente tan maravillosa que me rodea: mi marido, mi hijo, mis padres, mis hermanas, mi suegra y los 'parientes cercanos' que son los amigos?”.
No cabe duda de que mi amiga tiene razón; si a mí me dieran a escoger entre tener buena salud y tener amor, escogería el amor.— Mérida, Yucatán.
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